Tal día como hoy, en 2010, fallece a los 87 años en la isla de Lanzarote (España), el escritor portugués y premio Nobel de Literatura en 1998, José Saramago, autor de obras como “El evangelio según Jesucristo”, “Ensayo sobre la ceguera” o “Caín”.

Saramago

Debería haberse llamado José Sousa, pero el funcionario del registro civil cometió un “lapsus calami” (error de pluma) y lo anotó como José «Saramago», que era el apodo de la familia. (“Jaramago” en español, nombre de una planta herbácea silvestre de la familia de las crucíferas).Hay quienes dicen que fue una broma del funcionario, conocido de su padre. El propio Saramago diría muchos años más tarde, que habíendose llamado José Sousa no podría haber sido escritor.

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Para mi, Saramago junto a Noam Chomsky y Jose Luis Sampedro son la Santísima Trinidad.

Siempre llegamos

 

Termino con un texto suyo “Las democracias se van suicidando“.

Hay que discutir la democracia a todas las horas y en todos los foros, porque, si no la reinventamos, no sólo se perderá ella, sino también la esperanza de ver dignamente respetados los derechos humanos.

Las democracias occidentales, han entrado en un proceso retrógrado, que son incapaces de parar e invertir. Las democracias se van suicidando todos los días.
Los sistemas democráticos occidentales se han convertido cada vez más en una plutocracia y cada vez menos en una democracia, en los que los gobiernos son comisarios políticos del poder económico.
Un poder no democrático nos gobierna. Los pueblos no eligieron a sus gobernantes para que los llevasen al mercado. El mercado es el único instrumento digno del nombre de poder, el que conduce a los gobiernos para que les lleven a los pueblos.
Hablar hoy de gobiernos socialistas, o socialdemócratas, o conservadores, o liberales, y llamarlos poder es algo así como una operación de cosmética barata.
No hay que aceptar formulaciones como que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos inventados, porque ello frena el paso a algo mejor. La cuestión central es la cuestión del poder, y su principal problema, identificar quién lo detenta, cómo llegó hasta él, uso del mismo que hace, medios de que se sirve y fines a los que apunta.
Se ha vuelto obsoleto invocar objetivos humanistas de democracia económica y de democracia cultural, sin los cuales los de la democracia política se han quedado en una cáscara vacía de contenido nutritivo.
Me niego a admitir que sólo sea posible gobernar de acuerdo con los modelos democráticos al uso, incompletos e incoherentes. Una democracia que no se auto observa y examina está fatalmente condenada a anquilosarse.