Tal día como hoy, en 1906, nace en Viena Hans Asperger. Desde pequeño tuvo dificultades para hacer amigos y se le consideró un niño solitario. Fue alguien muy dotado para el lenguaje, le gustaba citar sus propias palabras, y a menudo se refería a sí mismo desde una perspectiva de tercera persona.

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Con el tiempo aquel niño, un tanto extraño, acabaría estudiando medicina en la Universidad de Viena. Se graduó como doctor en medicina en 1931 y llegó a ser director del departamento de educación especial en la clínica infantil universitaria de Viena en 1932.

Asperger se interesó por ciertos tipos de niños con problemas a los que la medicina no había hecho caso. Así, identificó un patrón de comportamiento que incluía “una falta de empatía, escasa habilidad para entablar amistad, conversaciones con uno mismo, fijación intensa hacia un determinado asunto, y movimientos torpes”. Lo catalogó como psicopatía autista  y los llamó “pequeños profesores” debido a su habilidad para hablar de sus intereses favoritos con gran detalle. Asperger identificó que muchos de los niños diagnosticados como autistas usaban su talento una vez adultos y tenían éxito en sus carreras. Uno de ellos llegó a ser profesor de astronomía y arregló un error en la obra de Newton que había descubierto como estudiante. Otro de sus pacientes fue la escritora y Premio Nobel de Literatura Elfriede Jelinek.

Hans Asperger murió sin que se reconociera el logro de sus investigaciones y es que, aunque cada vez se conoce más, se ha dado mucho de lado a las personas que sufren esta condición. Sólo fue después de la muerte de Asperger cuando se reconoció ampliamente la valía de sus investigaciones. Sin embargo, aún queda mucho  por recorrer. El síndrome de Asperger pone el dedo en la llaga sobre los terrores internos que tenemos como sociedad: nos da miedo lo diferente. Celebramos a los poetas, a los sabios o a los genios, pero cuando los tenemos delante los aborrecemos, buscamos la estandarización, lo políticamente correcto, exigimos que la vida, la salud, el comportamiento y nuestra esencia se mueva siempre en el estrecho margen de denominamos ‘normalidad’.

La efemérides de Hans Asperger es un reconocimiento a lo realmente variada que es la esencia humana, y en muchos casos, la genialidad.

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